Roberto Torres y Marcel Rivero, quienes se conocieron a la edad de 17 años, son casi opuestos físicamente y sin embargo tienen mucho en común: nacieron en el año 1989, son el mayor de dos hermanos, residen en Cabimas y aprendieron a manejar al volante de un corsa sincrónico año 2001. Para los padres de ambos, 16 años era edad considerable para que su hijo obtuviese las primeras lecciones de conducir, así, al llegar los 18 tuviese la práctica y conocimiento suficiente al manejar. A pesar que los dos chicos consiguieron su licencia de conducir cinco meses después de cumplir sus 18 años, otra coincidencia, el camino a conseguir el certificado fue totalmente distinto.
Roberto cursaba tercer semestre de comunicación social en La Universidad del Zulia a la fecha de su cumpleaños número 18, que además coincidía con el día de San José. Aunque ya contaba con la edad necesaria para ser un conductor legal, no tenía la información precisa del sitio donde obtendría la licencia, ni los requisitos. Sólo sabía que necesitaría presentar una prueba teórica y una prueba práctica para tal fin.
En carretera ya desde hacía tiempo y al mando de un corsa azul 2001 con placas VCZ-29Z que lo acompañó desde la primera vez que pisó el acelerador, Roberto obtuvo la práctica y habilidad para que el préstamo del vehículo fuera más frecuente. El hecho de no tener licencia le preocupaba pero “no le quitaba el sueño”, igual su mamá le prestaba el carro cada vez que no lo necesitaba, confiada en la prudencia de su hijo.
En vista de que Roberto usaba el carro con frecuencia, su tío Tulio Luzardo se ofreció a llevarlo sacar la licencia a La Cañada de Urdaneta, donde él conocía a un caballero que podía facilitar el proceso, para no correr con el riesgo de ser estafados al entregar dinero a un desconocido que luego no cumpliría su parte del trato. Supuestamente, el conocido del señor Luzardo haría todo el trabajo y le pondría el certificado en las manos a Roberto después de cancelar la “contribución”. Eso estaba por verse.
La
Para los amigos de la comodidad hay una figura llamada gestor, que es la persona encargada de cobrar un monto por facilitar un trámite, ahorrar tiempo y molestias a los que necesitan hacer un papeleo de cualquier tipo en oficinas públicas y gubernamentales. Por ser esto un empleo u ocupación habitual, los gestores suelen dar rienda suelta a los costos de sus servicios y pueden llegar a cobrar hasta cinco veces el monto de tarifas establecidas.
Los gestores son el carro que puede transportar a cualquier ciudadano por la vía fácil, siempre que cuente con uno eficaz. Para Roberto el gestor inicial, el conocido que su tío contactó y al que apodaban “el morocho”, no dio más que molestias.
El primer día de visita a La Cañada, jueves 25 de agosto de 2007, sin importar las dos horas que incluía el trayecto desde el apartamento de Roberto en Cabimas, pasar a buscar al tío Tulio en El Mene y seguir hasta la sede del Instituto Nacional de Transporte y Tránsito Terrestre (INTTT) de La Cañada no importaban. Tal vez sería “el grillo” tener licencia que hizo de la travesía algo sin problemas ni sobresaltos.
Al llegar, “el morocho” le pidió a Roberto los documentos(copia de cédula, fotos tipo carné y pestaña del certificado médico), los metió ordenados misteriosamente en un sobre que posteriormente sería enviado a Caracas para hacer el registro respectivo y entregar, tres meses después el certificado cuya vigencia es de 10 años. Luego le dio un Acta de Prueba Práctica, como aval de que había aprobado la prueba.
El avance quedó ahí. Sólo en los papeles acomodados “en clave” dentro del sobre y una planilla, constancia de que el muchacho había presentado la prueba práctica a bordo de un Fairlaine… eso fue lo que dijo en gestor al joven, por si acaso alguien le preguntase. El favor costó Bs. 50.000. Al parecer la encargada de aplicar el examen teórico estaba enferma y por eso se suspendía el progreso.
Al segundo y tercer viaje no hubo mayor logro. En el cuarto viaje, y hartos del estancamiento donde los dejó el morocho, el señor Tulio habló directamente con la dama encargada de aplicar el examen, cuya tarifa era de Bs. 100.000 pero daba la seguridad de obtener inmediatamente la licencia provisional. Falso, fue necesario otro viaje y una nueva espera de dos horas para que la corrupción diera frutos.
El recorrido habitual de Cabimas a Maracaibo era el pan de cada día para el muchacho; bajar en el distribuidor de San Francisco y después, saber que era vía La Cañada porque el paisaje era únicamente monte y más monte, una que otra vivienda rural dispersa y el “llegamos” pasaba por su mente al encontrar en el camino la estación de servicio PDV, situada en las adyacencias del galpón con cara de cancha techada donde funcionaba el INTTT de esta jurisdicción.
Lleno de cansancio y fastidiado de que le hicieran perder su tiempo, en el quinto viaje y después de esperar un buen rato en el que había meditado un insulto para la funcionaria, ésta salió con el papelito anhelado en la mano “Ay, se me olvidaba que estabas aquí, ya todo está listo”, palabras mágicas para que Roberto diera gracias a Dios por el final del “proceso” y por tener en mano la licencia provisional, el 31 de agosto.
Tiempo después transitando el puente Rafael Urdaneta, Roberto casi llora y no de la felicidad precisamente al enterarse de que Marcel también había conseguido la licencia, pero en Cabimas, sin pagar gestores y con menos tropiezos.
Los empleados del INTTT quieren irse rápido
Marcel arribó a los 18 años el día de San Ramón, 31 de agosto, del año 2007. Por comenzar al día siguiente de su onomástico el segundo semestre de arquitectura en LUZ, inicio de trabajo intensivo sin descanso ni días libres que caracterizan a un estudiante responsable, fue postergando la fecha para proceder con los recaudos necesarios que le otorgarían su primera licencia de conducir.
Seguía conduciendo el carro de su mamá, Hiundai Accent 2000 o el Fiat uno 2001 de su papá frecuentemente, eso sí, huyendo de los fiscales que podrían “martillarlo” al descubrir que no tenía papeles para ser chofer.
Llegada la época de vacaciones decembrinas, su papá le comentó que tenía un contacto en la inspectoría de Nueva Cabimas que fácilmente le conseguiría el documento por Bs. 200.000. Debido a la fecha, 18 de diciembre, el chico decidió esperar mediados de enero para realizar la diligencia.
Aproximadamente el 20 de enero se entera por una amiga de su novia que es fácil realizar el asunto por la vía legal y sin intermediarios, sólo realizar los depósitos y ya.
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El chico se dirigió a la Inspectoría la mañana del viernes 25 de febrero a investigar los requisitos para presentar las pruebas; era un lugar agradable, lucía como oficina remodelada
hacía pocos días; todo limpio y en orden, con paredes color salmón y afiches de señalización o carteleras informativas como decoración.
En la visita encontró a un señor de nombre José Luis, que le indicó de memoria el número de cuenta para depositar en el banco Mercantil, a nombre del INTTT, tres montos: 30.100, 7.720 y 1.500 bolívares. Dijo también, que luego de realizar el depósito debía regresar a la sede del INTT con los recibos, doce días después ir de nuevo para que les dieran la fecha para presentar la prueba teórica y no se sabía cuándo la práctica.
“Ay, chico, pero aquí yo te pongo todo eso pa´ que salgáis del paso hoy: te doy los bauches, te paso la prueba y te entrego la provisional en menos de una hora”, fueron las palabras del tal José Luis para que Marcel se diera cuenta de que no era funcionario del organismo. La cuota para tantos favores era de Bs.150.000. Saliendo del lugar para ir al banco se tropezó con otro gestor que le hacía el favor por Bs.120.00.
Decidió hacer el depósito y volver para Nueva Cabimas. Al llegar lo atendió otro hombre, éste sí estaba identificado con la insignia del INTTT. Le comunicó que el martes les correspondía presentar el examen teórico y si no podía ir ese día, el jueves a las 2 de la tarde estaría bien.
El jueves 31 a las 2:05 pm llegó Marcel al lugar. Había estudiado, repasado y memorizado el Manual de Señalamiento toda esa semana. Lo atendió una señorita y dijo que lo llamaría al entrar la segunda tanda; entró un grupo de 34 hombres aproximadamente; después otros 20, más tarde unos 15 y ya cuando decidió no contar más se acerco a la señorita, que reaccionó no muy contenta y lo mandó a sentar otra vez.
Pasadas dos horas y media, aturdido por un extraño ruido de taladros y martillos, Marcel se asomó al salón de la prueba y otra mujer le dijo: “Ay se me olvidaba que estabas ahí, pasa”, tal como le habían dicho a Roberto en La Cañada, como si fuera un código secreto. Mientras colocaba sus datos en una planilla, la mujer dijo que se quería ir ya porque estaba cansada y el ruido la volvía loca: “Mejor te doy una ayudadita, anota rápido que me quiero ir: en la primera parte 1 a, 2 c, 3 4 5 y 6 b… y así sucesivamente hasta completar las cinco partes de las que consta la prueba. Y todo sin pagar ni medio a ningún gestor ni secretaria.
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La licencia provisional estaba lista el viernes, en el mismo paquete donde se encontraban las de aquéllos que sí pagaron. De paso, nadie mencionó la prueba práctica en ningún momento, ni a Marcel ni a Roberto.