miércoles, 11 de junio de 2008

Responsabilidad con cara de niño


Sus grandes ojos marrones oscuros expresan una mirada cálida y una sonrisa bien marcada con un toque de dulzura son parte de los rasgos más resaltantes de este personaje, quien a diario matiza el vaivén Cabimas- Maracaibo con un gran sentido del humor y amor por lo que hace.
En 1,73m se transporta un físico atractivo; blanco, cabello negro corto, robusto, con facciones europeas y cara de niño, eso es lo primero que puede percibirse de Marcel Rivero. Él es un joven de 18 años estudiante del tercer semestre de Arquitectura en La Universidad del Zulia, una carrera que ha robado su atención desde el día que puso un pie en esa facultad pequeña y descubierta, que lo ha hecho crecer desde muchas perspectivas, personal y profesionalmente, como ámbitos primarios.
Un cargado café negro es parte del ritual “a despertarse que son las siete” que lleva a cabo cada mañana antes de entrar a clases, acompañando, casi de forma obligada, al desayuno que él mismo se prepara en la madrugada. Así, listo para ir entrar al salón, comienza el diario corre corre; entre bostezos y participación en clases, en la zozobra cuando no culmina sus labores a tiempo, en apurarse al mediodía porque “me va a dejar la ruta”, ya que el chico es oriundo de la cuidad de Cabimas y estudia en Maracaibo.
Sencillez y buen sentido del humor se unen a un carácter detallista, extremadamente ordenado y perfeccionista, casi obligado en la personalidad de quienes deciden estudiar la misma carrera que él. Su forma de vestir varía según el día y el estado de ánimo; puede lucir unos días como el chico pavo de punta en blanco que llama la atención por donde va con ese look fresco y sobrio, como puede aparecer, en otras oportunidades, vestido con lo primero que encontró porque pasó la noche haciendo una maqueta y lo que menos le preocupa es lo que optó por colocarse.
Se inquieta con cada asignación universitaria, parte de su perspectiva perfeccionista lo orienta a ser siempre el mejor en todo y a realizar el trabajo dando el todo por el todo para obtener la mejor calificación, en la medida de lo posible.
En lo personal es un chico que se relaciona con mucha gente y a todos da un trato amistoso. Su madurez precoz lo ubica como alguien bien centrado en lo que hace y con solidez en pensamientos y metas, a corto y largo plazo. Es un romántico detallista a quien no se le olvida una fecha especial, en la que siempre busca una forma original de sorprender a la persona que involucre esa fecha. Su gran potencial, la creatividad; de la nada puede desencadenar un paquete productivo de ideas y soluciones para cualquier problema suscitado y tiene una facilidad enorme para dar palabras de aliento y entender cuando alguien atraviesa un momento difícil.
¿Quién diría que en esa apariencia de jovencito medio desubicado esconde a un hombre con valores de grandes cimientos y madurez enorme? Pues sólo aquellos que en verdad lo conocen y saben valorarlo, quienes reciben a diario su mano amiga y su visión a veces extremista pero de solución ante cualquier vicisitud, y quienes han compartido con él por lo menos una conversación, por muy pequeña que parezca pero que han entendido que existen, a esa edad, pocos modelos a seguir y él es uno de esos, modelo de admiración.

jueves, 5 de junio de 2008

Relajante para unos, castigador para otros


Cuando la gente se encuentra en un constante ajetreo diario, entre colas y monóxido de carbono, entre gritos y estrés citadino, sin duda busca pasar su tiempo libre en espacios naturales y seguros, capaces de recargar sus pilas y purificar la energía que han cargado negativamente en su día a día. En La Gran Caracas es el Ávila quien recibe a los Caraqueños, pero a los Zulianos los recibe la Vereda del Lago, ícono marabino que mezcla un paisaje natural con estratégicas intervenciones humanas funcionales, que está a la orden del disfrute de todos, cualquier día del año y en cómodo horario.
Al visitar los espacios verdes de la vereda es posible encontrar personas trotando, caminando, en bicicleta o patines, o simplemente meditando sentados en la grama. Muchos visitan este lugar a diario, en busca de la paz desestresante de un sitio amplio y libre que les permita olvidar su rutina y mantenerse en forma.
No importa el día de la semana, puede ser martes o domingo, para los fanáticos de este sitio, quienes en compañía de su ropa sport y un envase full de agua se disponen a darle la vuelta a la vereda. Algunos lo hacen por salud, “el médico me mandó a caminar y por eso vengo todos los días”, dice Marielba Sosa, quien empezó a frecuentar el sitio hace dos años y ahora lo siente como rutina obligada. “aquí me siento segura porque hay vigilancia y en paz porque es como si saliera de la ciudad”, comenta con una sonrisa.
Sin importar el hecho de tener bicicleta o no, puedes andar en una ya que aquí hasta alquiladas las puedes encontrar. Para niños o adultos, para los que pedalean solos o acompañados, porque también hay bicis dobles.
La opción para la práctica de deportes se torna variada en el antiguo Paseo del Lago. Se puede trepar el muro de escalar o practicar tenis, correr con el perro o jugar frisbic, lo importante es que cada quien busca una forma para entrenar a su modo; algunos practican el deporte más relajante, dormir en hamacas; tal vez no lo sea, pero en una ciudad tan congestionada como Maracaibo, y tomando el deporte como actividad de relajación o antiestrés, si entra el dormir como hobbie o deporte.
¿Zoológico de que?
Al momento de idear el sitio se buscó la comunión entre lo saludable, placentero y atractivo, para lo que se agregaron fuentes, sitios para alquilar carros de carreras, restaurantes, bohíos, presencia de cuerpos policiales, pero además un área con animales o “zoológico de contacto”.
El propósito inicial fue darle un “de todo un poco” a la Vereda. Sin embargo es preciso acondicionar las áreas de ubicación antes de insertar animales en un hábitat, aunque corresponda al trópico de donde provienen.
Los avestruces, majestuosas aves llamativas por su gran tamaño y asimetría, dan la impresión de encontrarse en estado decadente en el espacio dispuesto para ellas en el parque. Una pequeña zona es la que se encuentra techada en su espacio, zona que arde en calor a pleno mediodía y donde se nota la desesperación de los animales ante la temperatura. No se reclama un aire acondicionado para el sitio, sin embargo sí la ubicación de las víctimas, los avestruces, en lugares provistos de sombra natural, árboles que favorezcan su calidad de vida.
Al lado de los avestruces están un caballo y un cariñoso burro blanco, quienes cuentan con un espacio tan reducido que han adoptado una actitud sedentaria, puesto que la mayor parte del tiempo permanecen echados y cambia su dinámica vital. Insistiendo, no se exigen 10 hectáreas para el libre desplazamiento de estos mamíferos, pero sí algo de comodidad.
El único espacio amplio y cómodo para el tránsito de los animales que ahí conviven fue destinado a aves; hermosos pavos reales, gallinetas, gallos, patos y gansos muy sociales conviven en él. No obstante, dentro está una jaula pequeña en la que se encuentra un mono arawato; solo, en espacio pequeño y en situación deprimente. Las elegantes guacamayas no exhiben su belleza, pues se encuentran tres en una jaula, que por las dimensiones, sólo presta condiciones para una.
Se conoce como zoológico de contacto a aquél lugar acondicionado para animales en el que éstos puedan convivir con personas sanamente, con la vigilancia de especialistas en manipulación y cuidado de animales que orienten a los visitantes a mejorar el trato hacia el mundo animal. Aquí no hay lugar acondicionado, ni especialistas, sólo encierro y tristeza para animales en cautiverio, por ello el mal empleo del término “zoológico de contacto”.

miércoles, 4 de junio de 2008

Apartar para morir aparte (ojo-> no es de la vida real)


Sara y Lesly eran amigas desde niñas; estudiaron juntas desde muy temprana edad, eran vecinas y frecuentaban el mismo círculo de amistades, sin embargo, tenían personalidades antagónicas que, más tarde de haber descubierto el gran lazo de amistad que les uniere, se había convertido en arma de doble filo, y en el fin de la vida de una en manos de la otra.
Sara era una chica extrovertida, inteligente, de discurso audaz y cuerpo hermoso, con valores y principios de fuertes cimientos, espíritu aventurero pero agradable y alegre con los que la rodeasen. Estaba casada con un gran hombre y tenía dos hijos. Su posición económica era resultado de la perseverancia que había tenido en la vida y de su incansable trabajo duro. Lesly, por su parte, también era hermosa físicamente pero con una personalidad sombría y poco leal a su amiga, aunque no se lo demostraba abiertamente; nunca consiguió con quien casarse y trabajaba en una de las empresas de su amiga, en uno de los cargos más importantes y de su absoluta confianza.
Sara siempre era el centro de atracción dondequiera que llegase, mientras que, en reiteradas oportunidades, su amiga era especie del ambiente que le adornaba ya que sólo se daba a notar por Sara, quien confiaba ciegamente en ella.
Lesly sentía una enorme pero silente envidia de Sara, aunque pretendía tenerla cerca para conocer sus movimientos y facilitar la destrucción que le proporcionaría por creer que esa desaparición se convertiría en su pase para tomar el tan anhelado puesto de mujer resaltante e importante en el mundo.
En el momento que sintió asfixiarse con la envidia hacia Sara, Lesly inició un proceso de envenenamiento para su amiga. Estaba harta de que aquella mujer fuese lo que ella no podía, que sin pretender todo, llegase lejos. Un día visitó un web site que hablaba de las mezclas químicas que producen daño al organismo y desgaste de forma paulatina, atacan el sistema nervioso central y así van matando sin dejar el mínimo rastro o evidencia de paso por el torrente sanguíneo del infectado.
Cuando comenzó la caída de Sara, ésta se aseguró de que su amiga no quedara desamparada económicamente ante su ausencia; puso todas las propiedades a su nombre y enseñó a sus hijos a quererla como madre sustituta, pensando en la posibilidad de que cuidara de ellos ante su falta física.



Las dosis de veneno aumentaban con el paso de los días, igual que el sufrimiento de Sara y su preocupación por dejar a Lesly bien preparada para afrontar lo que se vendría con su muerte. Un día, cuando Sara empezó a agonizar, Lesly empezaba a ver realizado su sueño, el que la conduciría a lo más grato de su vida; en ese momento, empezó a llorar de remordimiento, despertó de lo que había parecido un trance en el que había vivido siempre; confesó todo a su amiga moribunda y ésta le comunicó que lo sabía pero que nunca sería lo que había querido toda su vida por el mismo sentimiento que la embargaba. Quedó en los brazos de Lesly y ella tomó su puesto por sólo tres días.
Cuando Lesly vio que aún muerta, Sara estaba en la mente y en el corazón de todos, en plena desesperación, se suicidó.
Luego de tanta envidia y de sentirse inferior, incluso de llegar a serlo, aunque habían tenido las mismas oportunidades de superación, el sentimiento la llevó a acabar con Sara para desplazarla y ganar su popularidad. El detalle está en que no lo logró. Esto es lo que se conoce como “complejo de Eróstrato”.

Siete partos y trece hijos. Levantar dos generaciones


Haber hecho “como todos los bichos” para criar hijos y nietos nunca fue para Débora motivo para dejar de sonreír ante el trabajo diario que cambió en la apariencia que hoy luce con orgullo: muchas arrugas, pelo blanco y la característica joroba que recortó su estatura.
Débora del Carmen Vicuña de Rojas nació en la avenida principal de La Montañita, Cabimas (Costa Oriental del Lago), en la casa donde hoy, casi ochenta años después, vive con algunos nietos y bisnietos. Débora es la hija mayor de la unión de Ana Carlota Vicuña y Antonio María Urdaneta, ambos con un matrimonio antecesor: Ana con dos hijos y Antonio, con cuatro.
La pequeña Débora fue la consentida de sus padres y hermanos aún cuando, tiempo más tarde, la pareja tuvo cuatro hijos más. Ella creció siendo la princesa. El recelo de sus padres creció con ella. Un día su mamá decidió no enviarla más a la escuela debido a un castigo que su maestra de cuarto grado le impuso; a Débora, de doce años, la dejaron una hora después de clases hincada frente a una compañera por una discusión que habían tenido ese día. La escuela era su lugar predilecto sin importar los castigos.
Meses después, ella entró al Colegio de Labores donde dictaban cursos de cocina, corte y costura, bordado, tejido y elaboración de flores de tela y papel. Alrededor de dos años permaneció la joven en el colegio; cuando su madre vio que era la más destacada, pensó que seguir ahí era una pérdida de tiempo, le compró una máquina de coser y la llevó a casa para que pudiera trabajar por su cuenta y obtener beneficios del tiempo invertido en el colegio. Así podría independizarse económicamente y hasta aportar dinero al humilde hogar donde vivían.
Así transcurría la adolescencia de Débora: trabajando como costurera y sometida a las restricciones de Ana Carlota, quien no la dejaba salir a fiestas ni tener novio. El único que apoyaba sus salidas y disfrute de la edad era el tío Ramón, hermano de la mamá de Débora: un elegante señor de unos treinta años, que al saber de una fiesta le compraba ropa a su

sobrina consentida, la montaba en su moto y se la llevaba de parranda. Fue el tío Ramón quien la enseñó a bailar y le apoyó sus dos noviazgos: el primero con Ramón Salazar, un joven alegre, habitante del sector Guavina (también en Cabimas), pero que se cansó de los amores clandestinos y terminó la relación; el segundo novio, y gran amor de la vida de Débora, fue Humberto Rojas, “el vecino del fondo”, un muchacho de 16 años que trabajaba en una cafetería y del que se enamoró a primera vista. Débora tenía 19 años, y a pesar de ser muy joven todavía, era una mujer madura y centrada, todo lo contrario de quien fue su novio en secreto los tres años siguientes (Humberto).
Un día Débora, ya de 22 años, expresó a su madre los deseos de casarse con Humberto, ante lo cual Ana, enfurecida, maldijo la unión porque ese era un muchacho inmaduro, irresponsable y muy poco para ella. “Prefiero verte muerta en la sala de mi casa con cuatro velas que casada con ese muchacho…” le dijo. En realidad ella lo decía por el bien de su adorada hija, pero nada la hizo cambiar de opinión. Fue su tío Ramón quien ayudó a convencer a Ana para dar el consentimiento del matrimonio.
Llegó el día de la boda, muy particular por las cosas insólitas que ocurrieron. El matrimonio civil estaba pautado para las siete de la noche; cuando Débora terminó de vestirse, el reloj marcaba las seis y cincuenta aproximadamente, momento en el cual hubo un apagón; todo seguía como estaba planeado pero tuvieron que resolvérselas para iluminar la casa con lámparas de gasoil y velas. Alguien inconscientemente colocó una vela en cada esquina de la mesa donde estaba sentado el jefe civil, lo que la hizo recordar la maldición lanzada por su madre, y todo aquello que hablaba de las cuatro velas. El matrimonio se realizó y todos partieron a la iglesia para la boda eclesiástica. En ese momento ya había electricidad pero cuando el carro donde iban dio la curva para llegar a la casa donde era la fiesta, se fue la luz otra vez, recuerda Débora con tristeza. En ese momento empezó a llorar y así pasó la noche, sin escuchar a los supersticiosos que decían que llorar el día del matrimonio anuncia una vida infeliz.
De ahí en adelante parecía que la maldición de su madre, quien no la hizo de corazón si no para hacerla desistir de la idea, la acompañó. Siete hijos nacieron en el tiempo que Débora vivió sin rumbo fijo y con sacrificios junto a su esposo. El sufrimiento en su matrimonio se debía, además, a que Humberto era mujeriego y no le importaba pasar

semanas sin ir a su casa; lo hizo desde los cinco meses de casado, varias veces con el pasar de los años, y la gota que derramó el vaso fue cuando Débora supo que su esposo estaba en el estado Anzoátegui con “otro de sus bochinchitos”. El día que Humberto volvió, ella decidió sacarlo de su vida.
En esa época, Ana Carlota ya tenía a todos sus hijos casados, viviendo aparte y decidió regalarle su casa a Débora para que ahí criase a sus pequeños. Ana se fue para Ciudad Ojeda, donde vivió con otra de sus hijas.
El camino se hacía cuesta arriba: una madre con siete hijos, sola y sin un trabajo estable, luchaba día a día para obtener el pan y mantener una casa; dejó su trabajo de costura para la noche porque en el día trabajó muchos años como aseo en una compañía que vendía cauchos, y que por cierto terminó despidiéndola por haberse enfermado de neumonía y faltar una semana. En ese tiempo, varios de sus hijos ya trabajaban y colaboraban a la casa de Débora, como ella misma comenta; no mucho, pero suficiente para vivir.
Seis de sus siete hijos se casaron y formaron familias fuera del hogar materno, pero una de sus hijas permaneció en su casa y ahí tuvo ocho hijos, seis de los cuales dejó en casa de su madre cuando se enamoró de un hombre que la llevó a vivir a otro lado. Esto fue para Débora como ser madre otra vez. Hoy, rodeada de nietos y bisnietos, esta hermosa viejecita dice vivir feliz con sus hijos, quienes son sus nietos de sangre y a los que levantó igual que a su primera generación de hijos, con esfuerzo y lucha pero siempre sonriéndole a la vida.